Tuesday, 1 April 2014

Las Brujas de Zugarramurdi


Personalmente, al cine de Álex De la Iglesia siempre le he tenido una cierta simpatía. Más allá que sus películas me parezcan la repanocha (cosa que no es así), me gusta su  discurso pesimista sobre el ser humano y ese cine desmesurado y algo bizarro que le caracteriza, aunque solamente sea por lo que representa, una cierta bocanada de aire fresco en un panorama cinematográfico, el nuestro, tan rancio y con unas ideas tan trasnochadas que nos obligan a pensar una y otra vez en un cambio generacional o, lo que es lo mismo, un panorama en el que no trabajen siempre los de siempre y permita a gente nueva explorar nuevos caminos.

Eso no debe ser obstáculo para describir el cine de De la Iglesia como irregular, tremendamente fallido en algunas ocasiones, algo insólito en un país en el que casi nadie se puede dedicar a esto de hacer películas y por lo tanto, algo que da que pensar sobre nuestra propia cinematografía tratándose de uno de los "directores estrella" del panorama nacional.
Su mejor cinta contínúa siendo, como no, "El día de la bestia", algo que aunque repetido mil veces, no por ello deja de ser cierto, y una de las cuales deja ver más claramente el peor defecto en el cine del director vasco: los finales. 

Si, amigos, los finales no son precisamente la especialidad de De la Iglesia y prueba de ellos son todas esas películas que han tenido un inicio y desarrollo prometedor, pero que han naufragado estrepitosamente al final por culpa de esa manía del director de acabar casi todas sus películas en lo alto de edificios o similares, con escenas tan complicadas, vodevilescas y absurdas (desde "La Comunidad", pasando por la pasadísima de rosca "Balada triste de Trompeta", hasta llegar a la que hoy nos ocupa, "Las brujas de Zugarramurdi").

"Las brujas de Zugarramurdi" juega con un planteamiento ciertamente atractivo: la antigua tradición brujeril acahecida en el País Vasco en tiempos pretéritos (no olvidemos esa famosa palabra euskera, "Akelarre"), algo así como nuestro Salem particular y la traslada a nuestros tiempos, con una galeria de personajes, típicos de De la Iglesia: antihéroes perdedores dispuestos a salvar el mundo, colegas del antihéroe con algún tipo de tara mental, novias malísimas que los persiguen, y brujas, claro. 

Porque si algo queda claro en esta película es que las mujeres son las brujas. No sabemos si De la Iglesia habla por experiencia propia, pero lo cierto es que aquí el género femenino sale bastante mal parado, siendo todos sus personajes bastante negativos.

El filme como ya comentábamos tiene un arranque trepidante ocurrido en la Puerta del Sol, protagonizado por nuestros dos protagonistas (Mario Casas y Hugo Silva) y de allá la acción pasa a la pequeña localidad de Zugarramurdi donde se desatarán hechos sobrenaturales...

Resumiendo: una película con un ritmo y una historia que, para variar, se desinfla...al final.

En el apartado interpretativo, lo mejor de la cinta un sorprendente Mario Casas, saliendo de su habitual papel de macarrilla para esta vez hacer de antihéroe al que le faltan un par de hervores, y en especial una inmensa Terele Pávez, merecidísimo Goya por su papel de bruja mala-mala, la cual tiene no ya la mejor frase de la película sino tal vez la mejor frase escuchada en una película española en años: "A mí las brujas no me dan miedo. A mí los que realmente me dan miedo son los hijos de puta".

Chema Ponce



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